El asfalto del muelle reverberaba bajo el bochorno de julio. La plaza número cuatro, la única con sombra parcial de los plátanos de sombra, era el trofeo municipal que el ayuntamiento había decidido dividir salomónicamente por un error burocrático. A la izquierda, la furgoneta azul añil de Clara, La Salazón, olía a lima ácida, cilantro y atún marinado al milímetro; a la derecha, la mole negra mate de Mateo, Brasa & Humo, escupía chispas de encina, mantequilla avellanada y entraña sellada al fuego directo.
Durante las primeras tres semanas, la convivencia fue una guerra sorda de decibelios y humos cruzados. Clara subía el volumen del jazz etíope para ahogar el blues arenoso de Mateo; él orientaba sus extractores para perfumar el aire justo cuando ella montaba sus ceviches más delicados, tan frágiles que parecían empañarse con la grasa flotante. Se conocían desde la escuela de hostelería, cuando ella perseguía una técnica milimétrica y él una intuición casi salvaje. Entonces ya se despreciaban con la cortesía feroz de dos personas que reconocen en la otra un talento idéntico pero formulado en un idioma opuesto.
—Tu chimenea está asfixiando mis vieiras, Mateo —dijo Clara una tarde, asomándose al hueco de metro y medio que separaba ambas ventanas de servicio.
Mateo dejó la pinza sobre el hierro y se limpió el antebrazo con un trapo deshilachado. Tenía una ceniza adherida al pómulo que solo lograba acentuar la curvatura burlona de su boca.
—Tus vieiras no tienen sangre, Clara. Les falta un poco de intemperie.
—Se llama sutileza. No todo el mundo quiere que su comida sepa a campamento militar.
El agosto costero, sin embargo, no perdonaba soberbias. El apagón general llegó un sábado a las diez de la noche, en plena marea de clientes hambrientos. La línea del puerto colapsó, silenciando los motores y apagando las luces de guirnalda. Las cámaras frigoríficas comenzaron a perder temperatura con la parsimonia implacable del verano.
Clara se quedó a oscuras dentro de su furgoneta, iluminada solo por la linterna del teléfono, contemplando cuarenta kilos de pescado fresco que no sobrevivirían a la madrugada. Frente a ella, las brasas de Mateo eran el único elemento vivo en trescientos metros a la redonda.
Salió del camión despacio, mordiéndose la lengua hasta notar el gusto metálico de su propia terquedad. Mateo estaba sentado sobre una nevera portátil, bebiendo cerveza tibia a la luz de los rescoldos.
—Mi género se echa a perder en tres horas —dijo ella, con la voz despojada de artificios.
Mateo la miró sin sonreír por primera vez en todo el verano. Señaló con la barbilla el calor residual de su parrilla baja.
—Tengo carbón para cuatro horas y me he quedado sin carne. Tus marinadas y mi fuego. A medias.
Trabajaron hombro con hombro dentro del espacio asfixiante de Brasa & Humo. Por primera vez, Clara vio de cerca las quemaduras en los dedos de Mateo, la precisión quirúrgica con que movía el metal incandescente; él, a su vez, observó la firmeza con que ella dosificaba la sal de escamas y el vinagre de arroz para que el ahumado no devorase el marisco. No hubo música. Solo el chasquido del carbón, el siseo del jugo al tocar el hierro y la respiración compartida de dos cuerpos esquivándose en dos metros cuadrados sin llegar a tocarse del todo, hasta que sus muñecas chocaron sobre una tabla de cortar.
La corriente eléctrica no volvió esa noche, pero tampoco importó cuando bajaron la persiana a las tres de la mañana con las provisiones vacías. Clara se sentó en el estribo de la furgoneta de Mateo, agotada, con la espalda apoyada contra la chapa aún tibia.
Él se sentó a su lado, tan cerca que el calor de su brazo atravesaba la camisa de lino de ella. Con la yema del pulgar, Mateo le limpió una mancha de hollín de la comisura de los labios, deteniéndose apenas un segundo más de lo necesario.
—Demasiado humo —susurró ella, sin apartarse.
—El punto exacto —respondió él, antes de inclinar la cabeza y buscar su boca, sellando la tregua con un sabor espeso a madera, salmuera y derrota compartida.