Había una vez un pequeño erizo llamado Pipo. Pipo tenía púas suaves, ojos brillantes y un gran sueño: quería cantar en el coro del bosque.
Cada tarde, los animales se reunían bajo el gran roble. Los pájaros cantaban notas altas: ¡Trío, trío! Las ranitas hacían ¡croac, croac! Y los grillos tocaban su violín: ¡cri, cri!
Pipo escuchaba escondido detrás de una hoja grande. Su corazón latía con fuerza. Quería participar, pero era muy tímido. Cuando alguien lo miraba, Pipo se asustaba y se convertía en una bolita redonda y cerrada.
—Nunca podré cantar con ellos —suspiraba el erizo—. Mi voz es muy bajita.
Un día, el Maestro Búho detuvo la música.
—Falta algo en nuestra canción —dijo con calma—. Nos falta ritmo.
Pipo, emocionado, dio un pasito sin querer. ¡Crac! Pisó una ramita seca. Luego, movió sus patitas sobre las hojas: tap, tap, tap. Al bailar, sus púas rozaron suavemente entre sí, creando un lindo sonido: chiqui, chiqui, chas.
El bosque quedó en silencio. Pipo sintió mucha vergüenza y se hizo bolita otra vez.
Pero nadie se burló. El Maestro Búho sonrió con dulzura.
—¡Qué sonido tan alegre! —dijo la ardilla.
—¿Eres tú, pequeño erizo? —preguntó el búho amablemente—. Ven, no tengas miedo.
Pipo asomó su hociquito negro. Vio las miradas cariñosas de todos sus amigos. Despacito, se desenrolló y volvió a mover sus patitas: tap, tap, tap. Y sus púas: chiqui, chas.
Las aves comenzaron a cantar y las ranas se unieron. La música sonaba más bonita que nunca.
Desde ese día, Pipo no volvió a esconderse. Comprendió que todos tenemos un talento especial para compartir. Y así, el tímido erizo encontró su lugar en el coro más feliz del bosque.