Había una vez un pequeño zorro llamado Pipo. Pipo tenía el pelo color naranja brillante y una cola muy suave. Vivía en un bosque lleno de pinos verdes.
Ya era diciembre y faltaba poco para la Nochebuena. La nieve caía despacito, como copos de algodón. En la casa de Pipo, su mamá y su papá colgaban adornos brillantes en el árbol. La cocina olía a canela y a sopa caliente.
—Mamá —preguntó Pipo moviendo las orejitas—, ¿Papá Noel siempre trae regalos a todos?
—Sí, mi pequeño —respondió su mamá con una sonrisa—. Él viaja por el cielo en su trineo y deja alegría en cada hogar.
Pipo se quedó pensando. Se sentó sobre sus patitas traseras y frunció la nariz.
—Pero... ¿quién le da un regalo a Papá Noel? —dijo Pipo—. Él trabaja mucho en la noche de Navidad. Yo quiero regalarle algo a él.
A su mamá le pareció una idea hermosa.
Pipo buscó por todo el bosque un detalle especial. Primero pensó en una piña de pino, pero era muy dura. Luego pensó en una piedra brillante del río, pero estaba muy fría. Papá Noel viajaba por la nieve y debía tener mucho frío.
—¡Ya sé! —dijo Pipo dando un saltito de alegría.
Pipo corrió a su madriguera. Con lana roja y suave, tejió una bufanda pequeña con ayuda de su mamá. No era perfecta, pero era muy calentita. Además, recogió una ramita de acebo con hojitas verdes y bayas rojas para decorarla.
Llegó la Nochebuena. La familia de Pipo cenó junta y cantó villancicos junto al fuego. Antes de dormir, como manda la tradición, prepararon una mesa cerca de la chimenea. Dejaron tres polvorones dulces y un vaso de leche tibia. Al lado del plato, Pipo puso su regalo: la bufanda roja envuelta con una cinta dorada. Encima, dejó una nota con un dibujo de un corazón.
Pipo se fue a la cama. Cerró los ojos muy fuerte, emocionado y feliz.
En medio de la noche, se escuchó un suave tintineo de campanillas en el tejado. Unos pasos lentos y amables entraron en la sala. Papá Noel vio los polvorones y sonrió. Bebió la leche con gusto. Pero cuando vio el paquetito con la cinta dorada, sus ojos brillaron de sorpresa.
Papá Noel abrió el regalo con mucho cuidado. Se colocó la bufanda alrededor del cuello. Le quedaba un poco corta, pero era la más abrigada del mundo. Sintió todo el cariño del pequeño zorro.
A la mañana siguiente, Pipo bajó corriendo. Los polvorones ya no estaban. Debajo del árbol había regalos para todos. Pero lo más bonito estaba sobre la mesa vacía.
Había una tarjeta escrita con letras doradas:
«Gracias, querido Pipo. Tu bufanda me calentó el corazón durante todo el viaje. Feliz Navidad».
Pipo abrazó a su mamá con una sonrisa gigante. Supo entonces que el mejor regalo de la Navidad es dar con amor.