Había una vez una pequeña princesa llamada Lía. En el gran castillo real todos se preparaban para el baile. Había vestidos de seda, zapatos brillantes y rica comida. Pero Lía no quería usar vestidos ni bailar en el salón. Ella prefería ponerse sus botas, subir a la montaña y cuidar a los dragones.
Esa misma tarde, un dragón verde rugía con fuerza en la cima. No era un monstruo malo, solo estaba asustado y solo. Para domar a un dragón, existía una regla mágica: solo la música de tres notas dulces podía calmar su corazón.
El búho sabio del bosque fue su gran ayudante. Le entregó a Lía una flauta dorada.
—Toca con amor y paciencia —le susurró el ave.
Lía subió a la montaña sin miedo. El dragón la miró y lanzó fuego por la nariz.
Lía sopló la primera nota: ¡Fiiiu!
La magia funcionó. El fuego se convirtió en burbujas de colores.
El dragón batió sus alas con mucha fuerza.
Lía sopló la segunda nota: ¡Faaan!
La magia funcionó otra vez. Las alas gigantes del dragón se relajaron como hojas suaves.
El dragón abrió su boca grande para lanzar un rugido.
Lía sopló la tercera nota: ¡Liiin!
En ese instante, ocurrió una hermosa transformación. Las escamas del dragón brillaron como estrellas doradas y empezó a ronronear como un tierno gatito. ¡El dragón fiero ahora era dulce y cariñoso!
Lía subió al lomo de su nuevo amigo. Juntos volaron alto, pasando sobre el castillo real. Todos los invitados salieron al patio y aplaudieron con gran asombro. Ya nadie pensaba en el aburrido baile, pues volar entre las nubes era mucho más divertido.
Hacer lo que de verdad amas te hace muy feliz.